El proceso del olvido

Agosto 25, 2008

No podía dejar el tema a un lado, pero tampoco quería que las prisas me hicieran decir (bueno, escribir) lo que no debiera. Por eso, he esperado hasta cinco días para digerir una tragedia que no es mía. Sólo lo es de las ya 154 personas que han perdido la vida y de sus familias, cuyas imágenes, cuyas declaraciones hoy se disputan todos los telediarios y mañana no querrá nadie.

Será cuestión de semanas, pero ocurrirá porque ese proceso, el de la exaltación para caer en el olvido, es cada vez más rápido. Los hay –puedo asegurarlo- que ya habían culminado ese camino cuando las cifras de fallecidos aún no llegaban a la cincuentena y apenas habían pasado cinco horas de la catástrofe. Los hay que, con ese rictus de tristeza que sólo ciertos presentadores televisivos saben asumir, pueden pasar del lamento a las especulaciones sobre responsabilidades e indemnizaciones millonarias sin que medie una tregua para coger aliento.

Hoy no quiero hablar más de vosotros. Hoy mi recuerdo va para aquellos protagonistas involuntarios a los que jamás les hubiera gustado hablar del precio de las vidas de sus allegados. 

“Mitigar el dolor no es un objetivo del periodismo: presentar la realidad con el máximo grado de verificación, sí”. Juan Varela, La hipocresía del dolor.


Miré y vi que no había nada

Agosto 6, 2008

En ocasiones, en muchas diría yo, las palabras no son suficientes. No, para expresar lo mucho que amamos u odiamos; menos aún, para dar con aquellas para explicar lo que sentimos cuando no sentimos nada: el vacío.

Hace unos días estuve muy cerca, durante uno de esos instantes eternos que convierten los segundos en horas, de esa oquedad de lo que te deja impasible. Una panorámica sobre un agujero sin fondo.

Y me dejé los ojos pero, en realidad, a cinco metros de mí andaba el vacío mismo, la nada. Será que me he quedado ciega. O yo o ellos.


Historias de la indecencia humana

Julio 21, 2008

Una de estas dos fotografías -aquí se puede ver una y aquí la otra- desata estos días la indignación entre la población italiana. En ella, se puede ver a una pareja de bañistas que toma el sol –impasible, al parecer- ante el drama de la muerte justo, justo, a su lado. La imagen está tomada en la playa napolitana de Torregaveta, según informa elmundo.es

La otra es de hace ya ocho años, la tomó Javier Bauluz, Pulitzer (1995) y Godó (2001) de fotoperiodismo, en Tarifa (Cádiz). También fue fuente de polémica en su día.

Mientras en la primera, los cuerpos sin vida pertenecen a dos adolescentes gitanas, en la segunda el fallecido es un inmigrante.

Violetta y Cristina, de 14 y 16 años, murieron al adentrarse en el mar. No sabían nadar y su atrevimiento tuvo el viernes pasado consecuencias nefastas. El  hombre fotografiado por Bauluz trataba, como tantos otros subsaharianos en aquel verano del 2000, de alcanzar la costa española en busca de una vida mejor.

Más allá de esas diferencias, las dos imágenes cuentan una misma historia: la de la indiferencia, la de la ‘anestesia’ social ante grandes dramas humanos.

Como en el caso de la de Javier Bauluz, posiblemente habrá voces que quieran ahora quitar ‘hierro’ a la historia con la que no sacude la imagen. Lo harán, probablemente, amparándose en el enfoque que buscó el objetivo del reportero, por ejemplo; o, tal vez, aludiendo a los otros tantos bañistas que sí se preocuparon por el hecho.

Pero, seamos serios: ¿Acaso es normal quedarse ahí, sentado, bajo una sombrilla, mientras en la arena yace el cadáver de alguien? ¿O es que no era nadie? Y sobre todo, ¿no es moral y civilmente denunciable? Aunque sólo sean dos, dos en una playa con centenares de turistas, merecería la pena que hoy sufrieran la vergüenza de saber que esos, los de la foto, son ellos.

Por cierto, la primera es la fotografía de ANSA que hoy conmociona a Italia y medio mundo; la segunda, la de Javier Bauluz publicada el 1 de octubre en el ‘Magazine’ de ‘La Vanguardia’ y después en la portada de ‘The New York Times’, y distinguida con el Premio Godó de Fotoperiodismo.